Menos mal pasé primero por el taller de confecciones


Redacción: Francisco Mona – Sueño Norte

“Tenés cara de preso”, “Sí, estoy preso de la depresión”, le respondí a Fernando. Sucedió mientras nos tomábamos una foto, el jueves 20 de septiembre, cuando faltaba poco para terminar el evento que llevó Cerro Azul, a la Cárcel de Yarumal, con motivo de las fiestas de la Patrona, la Virgen de las Mercedes.

La verdad es que la cárcel me deprime, una sensación que no olvido, desde el primer día que pisé una, hace bastante tiempo, la que volví a experimentar en Yarumal hace unos 30 años, no obstante, la visité en varias ocasiones, pero me rehusé a volver hace unos 25, hasta el citado jueves, en el que volví a sentir aquella sensación.

Precisamente, una de las cosas que me deprimen, es la cara y la mirada de los reclusos y la energía del ambiente: percibo en ellas el pesar del encierro y la carga social o moral de este “bendito” destino, el que no debería caer encima de ningún ser humano, porque me parece terrible. Y no es que esté en contra de la justicia, sino de los hechos que llevan a los jueces a dictar sentencia y a los Estados a construir cárceles… la humanidad debería emprender una lucha para evitar que el ser humano cometa delitos, que al fin y al cabo, son los culpables de las condenas.

Aunque no pude evitar deprimirme, me sirvió, pasar primero por el taller de confecciones: su ambiente de trabajo y sonido de las máquinas me hizo olvidar que los operarios eran reclusos, por eso, con cierto entusiasmo, llegué al patio, pero… no pude evitar el impacto, ni comprobar mi percepción, aunque la actividad ya había comenzado y pudo haberse atenuado un poco el pesar del encierro.

Los rostros y las miradas se fueron iluminando un poco con las sonrisas, gracias a un concurso de baile, con las abuelas de Huellas de vida; con la música de Uber Gómez y sobre todo, con una tanda de trova de Yarumo y Alma flaca, momento, que creo, animó hasta los más distantes, pues, con los apodos de una buena cantidad de ellos, que les decían al oído a los dos trovadores, hicieron las trovas, provocando las mayores risas de la mañana, aunque una rutina de humor, por parte de Alma flaca, también les sacó risotadas.

El programa terminó y cuando Fernando dijo que era momento de despedirnos, me pareció que la sombra del encierro volvía a caer al patio del caserón, que no imagino cómo era antes de convertirse en prisión, ni si allí habitaban otra clase de prisioneros, porque muchos aunque libres, vivimos presos de desesperos, amarguras y otros delitos que no son punibles, o como yo, mientras estuve en el evento, prisionero de la depresión, por fortuna momentánea, porque salí rápido, conmovido y al llegar a la casa me desahogué, y terminó mi sentencia y no se cuando volveré a sentirla, por que no siento deseos de regresar

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